Columnista. Sebastián Sal, Abogado. Coordinador del Área Latinoamericana del IAACA

Hace unos días, en su discurso navideño, el Rey Felipe VI de España se refirió a la corrupción que azota a la ‘Madre Patria’ en duros términos. La consideró el problema principal de su país, junto con la desocupación. Si bien no mencionó directamente a su hermana –investigada por la justicia española por lavado de dinero– llamó a “cortar la corrupción de raíz y sin contemplaciones”.

Muchos consideraron que Felipe VI buscó en su discurso poner un hilo conductor entre la crisis económica que sufre su país y los comportamientos corruptos, que provocan “indignación y desencanto”.

Entre sus dichos se encontraron frases tales como “Necesitamos una profunda regeneración de nuestra vida colectiva, y en esa tarea, la lucha contra la corrupción es un objetivo irrenunciable” y que “Es cierto que los responsables de conductas irregulares están respondiendo de ellas; eso es una gran prueba del funcionamiento de nuestro Estado de derecho”.

Por estas tierras, nuestra Presidente y nuestro Vicepresidente también se encuentran sometidos a investigaciones tendientes a determinar su responsabilidad en casos de corrupción –lo que no implica que sean culpables–, pero la reacción es completamente diferente. En lugar de dejarse investigar y transparentar su situación se ataca a los Jueces y se politiza toda decisión de la Justicia.

Incluso algún Senador oficialista ha llegado a decir frente a un allanamiento ocurrido a una empresa de la Presidente que “En ningún país serio del mundo, si es una empresa del presidente de la Nación, hacen este gesto. Es un gesto falto de decoro, absolutamente falto de decoro…”
Y es aquí donde radica el error. En los países serios los funcionarios públicos –comenzando por el Presidente de la Nación– están obligados a rendir cuentas, ya que manejan fondos públicos, es decir dinero de cada uno de nosotros. Dinero que debe llegar –entre otras cosas– a la educación y a la salud.
No sólo eso, se dejan investigar sin atacar a la justicia. Se supone que ellos deberían ser los primeros en creer y respetar las instituciones. Son los que deben dar el ejemplo al pueblo, ya que esa es la mejor manera de liderar.

Es claro que se necesita reconocer primero el problema, tal como lo menciona sin metáforas el Rey de España. Y una vez reconocido, solucionarlo.
Muy posiblemente el tema pase por la “profunda regeneración de nuestra vida colectiva”. Solamente se permite la corrupción en países en los que la gente la acepta y adopta como parte del sistema. Y eso no lo podemos permitir.
Sería bueno mirarnos en el espejo español y ver si la determinación de la lucha contra la corrupción también la llevamos en la sangre.

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