Por Sebastián Sal.

Como todos los años, Transparencia Internacional dio a conocer su Índice de Percepción de la Corrupción, en el que nuestro país descendió un puesto más, ubicándose en el 107º lugar de 175 países auditados y siendo uno de los peores de la región.

Es sabido que quienes descreen de este índice manifiestan que es “poco serio” ya que no se basa en casos concretos sino en la percepción de la gente en cuanto a la existencia o no de corrupción.

La Real Academia Española define la palabra “percepción” como: 1. f. Acción y efecto de percibir. 2. f. Sensación interior que resulta de una impresión material hecha en nuestros sentidos. 3. f. Conocimiento, idea.

Entonces, la pregunta sería ¿qué es lo que “percibe” en la Argentina el ciudadano común?

La respuesta es que se “percibe”:

–          que quienes ingresan a la política lo hacen pobres y salen ricos;

–          que cobran sueldos muy altos en relación con los servicios que prestan y que no sólo se niegan a bajárselos, sino que inclusive se los aumentan;

–          que más que “vocación de servicio” los políticos tienen “vocación de poder”;

–          que los impuestos son muy altos y nadie sabe en qué los gasta el Estado (Nacional o Provincial);

–          que los hospitales públicos son tan malos que hay que pagarse una obra social o prepaga en forma privada;

–          que los funcionarios públicos no se atienden en ellos (debería ser obligatorio que se atendieran allí,  no sólo los funcionarios sino también los empleados públicos);

–          que lo mismo ocurre con los colegios primarios y secundarios (muy pocos políticos envían a sus hijos a escuelas públicas);

–          que para emprender cualquier negocio lícito hay que atravesar una barrera burocrática increíble (cuyos tiempos se acortan rápidamente si uno sabe “a quién tocar”);

–          que los empresarios privados no tienen problema en remarcar precios y obtener grandes ganancias sin importar si perjudican o no a la gente (empresarios ricos, empresas pobres);

–          que estos mismos empresarios no tienen problema en “adornar” a quien corresponda si eso les permite un buen negocio;

–          que se persigue a los jueces que investigan a quienes están en el poder;

–          que la justicia es lenta, burocrática y muchas veces maleable;

–          que fuimos potencia mundial y hoy ni siquiera somos líderes en la región;

–          que existe una inseguridad notable en la calle;

–          que la inflación y las oscilaciones cambiarias permiten hacer pingües negocios financieros;

–          que el poder y el dinero están cada vez más concentrados en unos pocos;

–          que pasamos de ser un país de “paso” a ser un país productor de drogas y refugio de narcos;

–          que los jóvenes sueñan con ser “ricos y famosos” en lugar de buscar ejemplos en trabajadores y científicos.

La lista podría seguir, más y más.

¿Queda alguna duda de que lo percibido corresponde a un país corrupto? Es claro que no. La percepción – salvo que uno esté loco – se corresponde con la realidad, y la realidad es que vivimos en un país donde la corrupción se nota cada vez más, posiblemente por el mismo ajuste en la economía. Cuanto más bajo es el caudal del río, más fácil es ver el fondo.

Lo peor de todo es que este juego tiende a destruir las instituciones, y con ello pone en serio riesgo la democracia que supimos conseguir – ya que ciertamente fue un logro de todos los argentinos -. Y eso no debería permitirse de ninguna manera.

El buen síntoma es que la gente va pidiendo cada vez más transparencia y honestidad en quienes nos gobiernan y que hay políticos – pocos – que son realmente honestos y están convencidos de que el cambio moral es más que necesario. Lo mismo ocurre con los jueces, fiscales y profesionales de todas las áreas.

Tenemos que despertarnos, exigir nuestros derechos y que se rindan cuentas, ya que quienes nos gobiernan no son más que empleados nuestros. Nosotros los elegimos y los podemos remover a través del voto. Hay que dar batalla sin olvidar que la corrupción mata.

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